El panorama de 2026 ofrece un punto de inflexión para los mercados de capitales emergentes, repleto de potencial pero con retos que no pueden ignorarse.
Tras una década de rendimientos fluctuantes, el año 2025 marcó un hito para los bonos y acciones de mercados emergentes. Un entorno de inflación en niveles mínimos históricos y tasas reales elevadas sentó las bases para un flujo de capital sin precedentes.
La significativa caída del dólar, cercana al 8% en 2025, reforzó la confianza de los inversores en monedas locales, mientras las proyecciones de bancos como JPMorgan y Citigroup apuntan a continuas entradas de capital.
Estos factores, junto con una hoja de ruta macroeconómica favorable —recortes potenciales de la Fed y políticas monetarias acomodaticias—, crean un escenario propicio para explorar bonos emergentes locales y gestión activa especializada.
La sobredependencia de algunos países a sectores cíclicos y la diversidad en calidad crediticia exigen un análisis detallado de la curva de rendimientos y la solidez de emisores.
A continuación, un resumen comparativo de los principales mercados emergentes:
Una asignación disciplinada, basada en análisis macro y de mercado, permite mitigar riesgos de tipo de cambio y geopolíticos.
Asimismo, incorporar criterios ESG y evaluar sectores en auge, como tecnología y energía renovable, puede generar fuentes de alfa diversificadas.
En definitiva, el 2026 presenta un panorama de retos y recompensas. Aquellos inversores dispuestos a profundizar en el estudio de fundamentos, a mantener una visión de largo plazo con flexibilidad táctica y a adoptar una gestión proactiva del riesgo, estarán mejor posicionados para capitalizar esta fase de renacimiento en los mercados emergentes.
Referencias