La inflación es un fenómeno complejo que impacta directamente en nuestra vida diaria. Entender sus causas nos permite anticiparnos y proteger nuestro bolsillo.
La inflación es el incremento generalizado del precio de los bienes y servicios de la cesta de consumo representativa de la mayoría de hogares. Esta subida sostenida provoca un descenso del poder adquisitivo de los ciudadanos, ya que con la misma cantidad de dinero se compra menos.
Los economistas dividen las causas de la inflación en dos grandes mecanismos: la oferta y la demanda. Cuando los costos de producción suben, hablamos de inflación por costes; si el detonante es un exceso de demanda, nos referimos a inflación por demanda.
La oferta agregada de bienes y servicios se ve reducida cuando las empresas afrontan mayores gastos en factores de producción. Para mantener sus márgenes de beneficio, trasladan estos sobrecostos al consumidor final.
Por ejemplo, el conflicto en Ucrania desencadenó un aumento global de los precios de la energía, forzando a múltiples industrias a revisar al alza sus tarifas y productos.
Cuando la demanda total de bienes y servicios supera la capacidad de producción disponible, los diferentes agentes compiten por recursos escasos, elevando los precios. Esto es especialmente notable en fases de crecimiento económico o cuando hay exceso de liquidez.
Durante la pandemia de COVID-19, las medidas fiscales y el cambio en hábitos de consumo crearon una demanda supera la capacidad de producción en sectores como el tecnológico y de bienes para el hogar.
Aunque ambos tipos de inflación ocasionan subidas de precios, sus detonantes y soluciones difieren. Comprender estas diferencias es clave para diseñar políticas económicas efectivas.
Para los consumidores, la inflación erosiona el poder de compra, obligando a ajustar presupuestos y posponer decisiones de gasto. Afecta especialmente a rentas fijas y a quienes ahorran en moneda local.
En el ámbito empresarial, existen dos efectos contradictorios: mantener márgenes subiendo precios puede disminuir ventas, mientras que absorber costes reduce beneficios. Las compañías con poder de mercado significativo logran transferir la mayor parte del alza a los consumidores.
El poder de mercado influye en la capacidad de las empresas para fijar precios. En mercados muy competitivos, la presión de la competencia limita los incrementos. En cambio, con pocos actores y productos diferenciados, las subidas pueden superar el aumento real de costos.
Este fenómeno explica por qué, en ocasiones, la inflación se mantiene incluso cuando los factores de producción se estabilizan: la estructura del mercado permite subidas de precios por encima de costes sin perder demanda.
La mayoría de los países, incluido España, utilizan el Índice de Precios al Consumo (IPC) para medir la inflación de manera oficial. Este indicador recoge las variaciones de una cesta de bienes y servicios representativa.
El reto de las autoridades económicas es lograr un equilibrio adecuado entre la oferta y la demanda. Políticas fiscales, monetarias y regulatorias deben coordinarse para atajar tanto los choques de costes como los excesos de demanda.
En definitiva, entender si la presión inflacionaria proviene de costes o de demanda facilita la adopción de medidas precisas. Una política mal orientada puede agravar el problema: facilitar crédito en exceso ante inflación de costos incrementa aún más la presión de la demanda, mientras que cargar impuestos frente a inflación de demanda enfría innecesariamente la economía.
Con este conocimiento, ciudadanos y responsables públicos pueden anticiparse a los desafíos y proteger el valor del dinero en sus bolsillos.
Referencias